El Carnaval de Barranquilla no solo se ve en las calles ni se baila en comparsas. También se escucha. Antes del color y del disfraz hay un sonido que anuncia la fiesta: el soplo de la flauta de millo y el aliento profundo de la gaita. Ese sonido tiene un guardián, y su nombre es Joaquín Pérez Arzuza.
Flautero, compositor, maestro y artesano del folclor, Joaquín ha dedicado su vida a proteger y transmitir los sonidos que le dan identidad al Carnaval. No nació siendo guardián de la tradición; se fue formando con los años, escuchando, aprendiendo y caminando la fiesta desde sus raíces más profundas.
Desde joven se formó con grandes maestros del Caribe colombiano, entre ellos Pedro “Ramayá” Beltrán, quien lo consideró su alumno más aventajado. Pero su verdadera escuela fue la calle: los festivales populares, las plazas, los barrios y los carnavales, donde el sonido no se estudia; se vive. “Yo vi a Andrés Jiménez vendiendo flautas en la calle. Ese sonido se me quedó en el pecho”, recuerda Joaquín, al hablar de los momentos que marcaron su camino.
Y es que el Carnaval de Barranquilla no es solo una celebración: es identidad, memoria y patrimonio cultural. Así lo reconoció la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) el 7 de noviembre de 2003, cuando lo declaró Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Ese día, el mundo escuchó el latido del tambor, la voz de la cumbia y el susurro ancestral de la flauta de millo.
Detrás de esa declaratoria hubo un trabajo colectivo que reunió a investigadores, expertos del folclor y, sobre todo, a los verdaderos hacedores del Carnaval: músicos, compositores y cultores. Entre ellos estuvo Joaquín Pérez Arzuza, quien hizo parte de la delegación que llevó la tradición barranquillera hasta París. No como un espectáculo, sino como un legado vivo.
Su trayectoria musical lo ha llevado a compartir escenario y proyectos con grandes figuras de la música colombiana y caribeña como Juan Piña, Carlos Vives, Checo Acosta, Maia y Álvaro Ricardo. Sin embargo, Joaquín nunca se alejó del corazón de la fiesta: las cumbiambas, las comparsas y los encuentros populares donde la música conecta a los pueblos con su historia.
Como compositor, ha dejado huella en la memoria colectiva con cumbias como “Juliana” y “Mi bella Cumbiamberita”, canciones que narran la esencia de la costa, el amor por la tierra y la alegría que brota en cada nota. Sus obras no solo se escuchan; cuentan historias de un territorio que canta y se reconoce en su ritmo.
Pero su aporte más profundo está en la formación. Joaquín ha sido maestro en casas distritales de cultura, escuelas de artes y universidades, donde ha enseñado a nuevas generaciones a tocar la flauta de millo, a sentir la gaita y a entender que el folclor no se aprende en partituras, sino desde el corazón. Para muchos jóvenes, la música fue una oportunidad para cambiar de rumbo y encontrar un camino lejos de la violencia, las adicciones y el olvido.
Hoy, Joaquín Pérez Arzuza sigue siendo un guardián del sonido del Carnaval. Mientras exista alguien que cuide la tradición, que enseñe su historia y que componga desde el alma, el Carnaval de Barranquilla seguirá respirando. Y mientras haya una flauta de millo sonando en sus manos, la memoria de la fiesta continuará viva, entre cañas, viento y cultura.
En tiempos en los que la música comercial y las modas pasajeras amenazan con desplazar las expresiones tradicionales, el trabajo de Joaquín cobra aún mayor valor. Su labor no solo preserva un sonido ancestral, sino que reafirma el orgullo de una identidad caribeña que se niega a desaparecer. Cada presentación, cada clase y cada composición es un acto de resistencia cultural.
Así, entre cañas convertidas en flauta, aire transformado en melodía y memoria hecha ritmo, Joaquín Pérez Arzuza sigue escribiendo su legado. Un legado que no se mide en premios ni escenarios, sino en el eco de una tradición que se renueva con cada nota y que mantiene vivo el corazón sonoro del Carnaval de Barranquilla.